Bajo el Polvo de la Calle Fresno y las Cintas de la Falsa Autoridad

CHAPTER 1: CINTAS TENSAS SOBRE EL ASFALTO

El estridente chasquido del asfalto al ceder bajo el disco de diamante se cortó de golpe cuando los dedos de Beatriz se clavaron con furia en el plástico amarillo.

Mateo sintió la sacudida en la vibración de la maquinaria. Apagó el motor diésel y dejó que el silencio del mediodía cayera de golpe sobre la calle Fresno, espeso y caliente, cargado de polvo fino y olor a caucho quemado. Al erguirse, el sudor le corrió desde la frente bajo el borde del casco amarillo, trazando una línea limpia sobre la capa de tierra que le cubría el rostro. Del otro lado del perímetro delimitado, a menos de un metro de la zanja abierta, la mujer no había soltado la cinta de precaución. La mantenía estirada al límite, tirando de ella con el peso de su cuerpo rígido.

—¿Quién les dio el derecho de cerrar mi calle? —la voz de Beatriz rajó el aire sin pedir permiso, aguda, acostumbrada a retumbar en techos altos y pasillos limpios—. ¡Nadie avisó absolutamente a nadie!

Llevaba un visor de sol blanco ajustado sobre el cabello rubio corto, un polo rosa impecable que desentonaba con el gris del asfalto y tenis blancos sin una sola mancha de tierra. Los nudillos de sus manos, apretados contra la cinta de plástico, se veían amarillentos por la fuerza del agarre. Detrás de ella, el portón de hierro forjado de su residencia permanecía entreabierto, dejando ver la sombra de una camioneta de lujo estacionada a medio patio.

Mateo no respondió de inmediato. Soltó las empuñaduras de la cortadora, se quitó los guantes de carnaza desgastados y los sostuvo en la mano derecha, sopesándolos con la calma que da el trabajo diario. A tres pasos de distancia, sobre la banqueta, el ingeniero Gabriel observaba la escena en silencio, con el polo negro impregnado de polvo en los hombros y los brazos cruzados. No intervino; conocía el temple de Mateo para sostener el terreno sin regalar una sola palabra de más.

—¡No intenten ignorarme! —insistió Beatriz, dando un paso al frente que hizo crujir la grava suelta bajo sus tenis—. Mientras nadie me dé una explicación, aquí no trabaja absolutamente nadie.

Un par de cortinas se movieron en la casa de enfrente. En la cochera de la esquina, un vecino suspendió el lavado de su coche con la manguera en la mano. La calle Fresno, acostumbrada al aislamiento de sus árboles frondosos y sus bardas altas, comenzaba a volverse un teatro al aire libre bajo la luz vertical del sol.

—Hasta que alguien asuma la responsabilidad y me diga la verdad, esta obra no va a seguir —sentenció la mujer, fijando la mirada en los ojos de Mateo con un desprecio calculado.

Mateo dio un paso hacia la cinta, deteniéndose justo antes del límite marcado. Su chaleco de alta visibilidad, descolorido por docenas de jornadas bajo el sol de la ciudad, contrastaba con la pulcritud de la agresora. Sentía el peso de las botas de casquillo asentadas con firmeza sobre el suelo que a él le tocaba reparar.

—Señora, entiendo que esté molesta… —dijo Mateo, manteniendo la voz baja, limpia de rabia pero dura como el hormigón que acababa de cortar—, pero antes de acusarnos, escuche lo que realmente ocurrió.

Beatriz esbozó una sonrisa helada y metió la mano libre en el bolsillo de sus pantalones beige, sacando un papel doblado en cuatro que agitó frente al rostro del operario.

—No tengo nada que escuchar de un peón —dijo con un tono seco que cortó el aire—. Este documento de la asociación de vecinos prohíbe cualquier alteración en el frente de las propiedades sin autorización firmada. Y si no juntan sus máquinas en cinco minutos, la patrulla que viene en camino no va a pedirles explicaciones a ustedes, se los va a llevar detenidos.

Mateo miró el papel arrugado entre las manos de la mujer y luego observó la sombra de la tubería de concreto que yacía sobre el camión de volteo: el colector principal que la colonia necesitaba antes de que comenzaran las lluvias.

CHAPTER 2: EL PESO DEL POLVO Y EL ACERO

El aire entre la cinta de seguridad y el papel agitado por Beatriz olía a combustible quemado y a la grasa rancia del motor de la cortadora. Mateo sostuvo la mirada de la mujer sin parpadear, dejando que el silencio de la calle Fresno se estirara hasta volverse denso. A sus espaldas, la grava suelta de la zanja chirrió cuando el camión de volteo reacomodó su carga, liberando un golpe de aire caliente que trajo el rastro de la cal y el óxido acumulado en la caja de volteo.

—Ese papel no detiene la presión de la red hidráulica, señora —dijo Mateo, manteniendo la voz firme, grave, raspada por el polvo de ladrillo que llevaba metido en la garganta desde la mañana.

Beatriz no bajó el brazo. El papel que agitaba tenía los bordes desgastados por el roce de los dedos y en la esquina superior derecha destacaba un número de folio anotado a mano con tinta azul descolorida, casi ilegible por la humedad del ambiente. El papel lucía un sello circular violeta, borroso, de una asociación de residentes que había dejado de cobrar cuotas hacía más de seis años, cuando la alcaldía asumió el alumbrado y la pavimentación de la zona.

—No me hable de presión, peón. Me habla de la ley de esta colonia —escupió ella, dando un paso más hacia la franja amarilla, estirando el cuello con una rigidez que le marcaba los tendones bajo la piel seca—. La calle Fresno no es un paso de servidumbre para sus tuberías de drenaje. Aquí hay reglas. Y la mesa directiva tiene la facultad de impedir que conviertan el frente de mi casa en un colector de aguas negras.

En la banqueta opuesta, dos vecinas con batas de casa se acercaron hasta el borde de su jardinera, hablando entre dientes mientras miraban el papel que Beatriz enarbolaba como una bandera. El vecino que lavaba su auto en la esquina cerró la llave de paso; el chorro de agua cesó, dejando únicamente el goteo constante contra la lámina de su camioneta y el murmullo de la ciudad que resonaba a lo lejos.

Mateo dio un paso hacia el camión de volteo. El calor reverberaba en el capó metálico, proyectando ondas invisibles que deformaban la silueta de los chalet de la cuadra. Flexionó los dedos dentro de las manos desnudas, sintiendo la dureza de los callos formados por años de empujar palas y acomodar tubos de concreto de doscientas libras.

—El agua de la lluvia no sabe de asociaciones de vecinos, Doña Beatriz —contestó Mateo, acentuando el título formal con una distancia helada que hizo que la mujer contrajera los labios—. Si no metemos el colector antes de que caiga el primer chubasco fuerte de julio, el agua del cerro se va a meter por las coladeras de las cuatro casas más bajas. Incluyendo la suya.

—¡Mentira! —gritó Beatriz, volviéndose por un instante hacia las vecinas de enfrente para buscar su respaldo con la mirada—. ¡Quieren romper el paso para cobrar dobles contratos! Mi casa nunca se ha inundado porque esta calle tiene pendiente natural. Lo único que van a hacer es romper el concreto que pagamos entre todos y dejarnos la pestilencia en la puerta.

El supervisor Gabriel caminó despacio hacia el perímetro. Las botas de casquillo del ingeniero no hacían ruido al pisar el polvo fino de la orilla; llevaba la carpeta azul abrazada al pecho como un escudo. Se detuvo justo al lado de Mateo, contemplando el documento que la mujer mantenía en el aire.

—Ese documento es un acuerdo interno de hace ocho años, señora —intervino Gabriel con voz tranquila, señalando con el índice el sello descolorido—. No tiene validez sobre la vía pública. La Secretaría de Obras tiene el control del subsuelo desde que se pavimentó la avenida principal.

—¡A mí no me vengan con tecnicismos de oficina! —Beatriz arrugó el papel en su puño con rabia, apretando la cinta amarilla hasta que el plástico comenzó a deformarse bajo la tensión—. Los conozco bien. Vienen, rompen, cobran y dejan el estropicio semanas enteras. No voy a permitir que dejen sus tubos de basura frente a mi portón.

En ese momento, el sonido metálico de los frenos de una patrulla municipal retumbó en la esquina de la calle Fresno. La unidad 402 dobló despacio, haciendo parpadear sus torretas apagas bajo el sol seco de la tarde, mientras la marea de la molestia vecinal comenzaba a cerrar el cerco alrededor del camión.

CHAPTER 3: ESTATUTOS FANTASMAS Y MANOS DURA

El chillido de los frenos de la patrulla 402 al detenerse junto al borde de la zanja hizo temblar la grava suelta bajo las botas de Mateo. La portezuela del piloto se abrió con un gemido de bisagras resecas, y un oficial de cabello corto y uniforme desgastado descendió despacio, ajustándose el furgón del cinto operativo. El calor que emanaba del cofre del vehículo policial se mezcló con el vaho a diésel de la cortadora, levantando una nube espesa que hizo parpadear a Doña Beatriz.

—¿Cuál es el problema aquí? —preguntó el oficial, mirando la cinta de seguridad tensada y las caras sudorosas de la cuadrilla.

Beatriz dio dos pasos hacia el agente, agitando el papel arrugado con una prisa triunfal que casi le hace perder el equilibrio sobre los tenis blancos.

—Oficial, qué bueno que llegan —dijo, alzando el mentón con la voz llena de una satisfacción calculada—. Estos hombres están invadiendo una vía de acceso privado. Tenemos un reglamento comunitario vigente desde hace años que prohíbe cualquier tipo de excavación pesada o alteración del suelo sin la firma expresa de la junta directiva de la colonia Fresno.

Sostuvo el documento frente a los ojos del oficial, señalando el número de folio manuscrito en tinta azul y el sello violeta descolorido.

—Ahí tiene el folio registrado —añadió, volteando a ver a las dos vecinas que observaban desde la banqueta de enfrente—. Esta calle la pagamos nosotros. Los servicios municipales no tienen jurisdicción para meter maquinaria pesada y destruir el frente de nuestras casas sin consultar. Le pido que remita a este personal por daños a la propiedad y alteración del orden.

El oficial tomó el escrito con cautela, desdoblándolo con dedos enguantados. El papel crujió, frágil por el paso del tiempo y el sudor de la mano de Beatriz. Mateo no se movió. Permaneció junto a la zanja, sintiendo la mirada de los trabajadores de la cuadrilla sobre él. Sabía que si cedía un centímetro, si mostraba una sola grieta de duda ante la autoridad local, la obra quedaría congelada por semanas, dejando la tubería descubierta a la merced de las lluvias.

—A ver, oficial —intervino Gabriel, dando un paso al frente con la carpeta azul abierta en las manos—. Mire la parte inferior de ese papel.

El agente bajó la vista hacia la esquina donde Beatriz había mantenido el pulgar apoyado. Gabriel señaló con la punta de un bolígrafo la marca imprecisa de un segundo sello, desvaído pero inconfundible, impreso en tinta roja al pie del documento.

—Eso que la Sra. Beatriz presenta como un reglamento de propiedad privada es una minuta interna de 2018 —continuó Gabriel, hablando con una claridad limpia y metódica—. Pero si lee la nota al calce del Departamento de Ordenamiento Urbano, verá que esa asociación quedó disuelta cuando la alcaldía asumió el mantenimiento de la red hidráulica en 2020. Esa calle es vía pública municipal desde hace seis años.

El oficial frunció el ceño, pasando la yema del pulgar sobre el sello rojo del documento. El papel no era una escritura de propiedad ni un permiso de cierre; era simplemente una solicitud antigua rechazada por la propia delegación.

Beatriz dio un tirón al aire, arrebatándole el documento al oficial antes de que este terminara de examinarlo. La serenidad de su rostro se agrietó por primera vez, revelando una rigidez tensa alrededor de los ojos.

—¡Eso es una chicana legal! —exclamó, arrugando el papel entre sus manos hasta convertirlo en una bola inservible que guardó en el bolsillo del polo rosa—. La alcaldía no puede pasar por encima de los vecinos que llevamos treinta años viviendo aquí. No me importa lo que diga su archivo. ¡No van a romper el acceso a mi cochera!

—No estamos rompiendo su cochera, señora —dijo Mateo, dando un paso adelante y señalando con el guante el trazo de pintura blanca sobre el pavimento—. El canal del colector va a dos metros de su lindero. La servidumbre de paso está libre. Lo único que queda bloqueado durante cuarenta y ocho horas es el carril de circulación frente a su portón.

Beatriz apretó los dientes, mirando la bola de papel en su bolsillo y luego la zanja abierta a pocos metros de los neumáticos de su camioneta.

—¿Y dónde se supone que voy a meter mi coche mientras ustedes juegan a los ingenieros? —escupió con desprecio, buscando con la mirada el apoyo del oficial.

El agente miró a Gabriel, luego a Mateo, y finalmente a la mujer, cruzando los brazos sobre el chaleco antibalas mientras la tensión en la calle Fresno cambiaba de tono bajo el sol implacable de la tarde.

CHAPTER 4: LA PRESIN DEL BARRIO Y EL CERCO SOCIAL

El silencio que siguió a la pregunta de Beatriz duró lo que tarda una gota de sudor en resbalar desde la patilla de Mateo hasta el borde de su cuello operativo. La mujer no esperó una respuesta técnica; giró sobre sus talones en un movimiento brusco que levantó una mota de polvo bajo sus tenis impolutos y encaró directamente a los vecinos que comenzaban a agruparse en la banqueta.

—¡Ya lo escucharon todos! —gritó, abriendo los brazos para abarcar el tramo de calle bloqueado por la cinta—. ¡Quieren dejarnos atrapados en nuestras propias casas! Quieren cerrar el carril principal para meternos tubos de aguas negras frente a las cocheras. ¿Ustedes van a dejar que sus camionetas se queden tiradas en la calle mientras esta gente rompe el pavimento a su antojo?

Un murmullo incómodo corrió entre los residentes. Don Ernesto, el hombre de la manguera, avanzó dos pasos hacia el cordón de la banqueta, secándose las manos en su pantalón de mezclilla. Al fondo, dos señoras mayores que vivían tres casas abajo cruzaron la calle despacio, atentas a la voz de Beatriz. La estrategia de la mujer era clara: si no podía detener la maquinaria con su falso papel de la junta directiva, usaría la incomodidad del vecindario para sofocar el trabajo de la cuadrilla.

—Beatriz tiene razón en algo, oficial —dijo Don Ernesto, mirando con recelo la cortadora de concreto paralizada—. A nadie le gusta tener la entrada tapada dos días. Si la zanja se queda abierta y cae un aguacero, este polvo se va a volver una laguna de lodo. ¿Por qué no mueven el trazo al otro lado de la avenida?

—Porque el colector principal pasa exactamente por esta servidumbre, señor —respondió Mateo, adelantándose un paso antes de que el oficial pudiera tomar la palabra—. Si movemos el trazo tres metros a la izquierda, romperíamos la línea de gas natural de toda la cuadra. La nivelación topográfica no es un capricho; es la única forma de que el agua baje por gravedad hacia el canal.

—¡Puras excusas de contrato! —intervino Beatriz, colocándose al lado de Don Ernesto para cerrar filas—. Lo que pasa es que les sale más barato romper nuestro frente que pedir los permisos adecuados en la avenida principal. Oficial, exijo que ordene la suspensión preventiva. Están alterando la plusvalía de la colonia y amenazando la movilidad de los residentes. Si no detienen esto ahora mismo, voy a convocar a una asamblea extraordinaria con el abogado del fraccionamiento.

El agente de policía miró la hora en su reloj de pulsera metálico. La luz del sol caía de lleno sobre el capacete de la patrulla, calentando el aire hasta volverlo asfixiante.

—A ver, señora —dijo el oficial, pasando la mirada de la mujer al mapa doblado que Gabriel sostenía en la carpeta azul—. Si la empresa trae orden de trabajo firmada por la Alcaldía, yo no puedo suspender la obra nada más por un problema de estacionamiento. Lo que puedo hacer es verificar que tengan la documentación completa y el acuse de notificación de la zona.

Mateo notó un ligero temblor en el párpado izquierdo de Beatriz al escuchar la palabra acuse. La mujer dio un paso imperceptible hacia atrás, rozando con el talón la cinta amarilla que continuaba tensa entre los conos.

—A nosotros nadie nos notificó nada —insistió ella, aunque su voz perdió un matiz de esa fuerza histriónica con la que había comenzado la disputa—. Llegaron con los camiones a las ocho de la mañana a meter ruido y polvo sin pedir permiso a ningún propietario.

Gabriel no dijo una sola palabra. Con dedos lentos y precisos, desenganchó un broche de plástico de la carpeta azul. Entre las hojas de plano y los certificados de sellos públicos, asomó una planilla de papel rosa, doblada en tres partes y pegada con un trozo de cinta celofán arrugada al reverso del expediente oficial. Mateo reconoció de inmediato el formato: el acuse de entrega de la Secretaría de Obras Públicas, utilizado para certificar la notificación previa casa por casa.

—Oficial —dijo Gabriel, ofreciendo la planilla rosa antes de que Beatriz pudiera interponerse—, antes de que el patrullaje de la mañana iniciara, revisamos la bitácora de entrega. Aquí está el registro del martes pasado.

Beatriz estiró el cuello, intentando tapar la hoja con la mano, pero el oficial la tomó primero, desplegándola bajo la luz directa del mediodía.

CHAPTER 5: LA EVIDENCIA SOBRE LA BANQUETA

El oficial desdobló la planilla rosa con lentitud, dejando que la sombra del capacete de la patrulla cubriera el documento para atenuar el brillo encandilante del mediodía. La brisa seca levantó una pequeña cortina de polvo que hizo crujir el papel entre sus dedos.

—Casilla catorce —indicó Gabriel con voz serena, señalando el renglón marcado con el número de finca correspondiente a la residencia de Beatriz—. Notificación entregada el martes catorce a las diez de la mañana. Firma de recibido y sello de aviso en puerta.

El oficial fijó los ojos en el trazo en bolígrafo azul. No era una firma compleja, sino una rúbrica sencilla acompañada por el nombre escrito en letras de molde: Juana Gómez / Servicio doméstico. Al lado, un sello de tinta negra confirmaba que se había dejado la copia del plano de afectación vial y el mapa con el estacionamiento alterno habilitado por la alcaldía a cien metros, a la vuelta de la avenida principal.

Don Ernesto y las dos vecinas se acercaron al cordón de la banqueta, estirando los cuellos para ver la planilla sobre el cofre del patrullero.

—A ver, Doña Beatriz —dijo el policía, alzando la mirada hacia la mujer con una dureza vacía de cortesía—, aquí está la firma de su casa. Su empleada recibió la notificación desde el martes de la semana pasada. Tenían aviso de que hoy comenzaba el zanjado y que el carril iba a estar cerrado cuarenta y meidodías.

Un murmullo sordo recorrió el grupo de vecinos. Don Ernesto soltó un bufido bajo y miró a Beatriz con una mezcla de desconcierto y molestia.

—Beatriz… si a ti te avisaron desde el martes, ¿por qué no nos dijiste nada a los demás? —preguntó el hombre, dejando caer los brazos a los lados—. Todos pudimos haber dejado los coches afuera antes de que cerraran la calle.

Beatriz dio un paso atrás, apretando la bola de papel de su bolsillo arrugado hasta que las uñas se le clavaron en la palma. La tez rosada de su rostro se tornó de un rojo subido que bajó por su cuello hasta perderse en el escote del polo. Intento erguirse, pero la postura rígida que había mantenido durante la última hora se agrietó visiblemente frente a la mirada de toda la cuadra.

—¡Yo no firmé nada! —dijo con la voz estrangulada por la rabia—. Juana es una empleada, no tiene facultad legal para recibir notificaciones a mi nombre. Además, ese papel es un mero trámite burocrático que no da derecho a que me tapen la puerta. ¡Tengo que salir en la tarde a mis compromisos y no voy a dejar mi camioneta tirada en la calle como si fuera de cualquiera!

—Ah, ahí está el detalle —murmuró Mateo desde la orilla de la zanja, secándose el sudor de la frente con el reverso del brazo—. No era por la plusvalía de la colonia. Tampoco por la falta de aviso. Era porque no quería caminar cincuenta metros hasta la esquina para tomar su coche.

Los vecinos rompieron en cuchicheos directos. La mujer de la casa de enfrente negó con la cabeza, dándole la espalda a Beatriz para regresar a su porche. La ilusión de la “inspección comunitaria” y la defensa de la junta de vecinos se había desmoronado en cuestión de segundos sobre la banqueta.

—Señora —intervino el oficial con tono tajante, doblando la planilla rosa y devolviéndosela a Gabriel—, la notificación es completamente legal y la obra cuenta con todos los permisos municipales vigentes. Usted no puede obstruir el paso de la cuadrilla ni amenazar a los trabajadores. Si vuelve a tomar la cinta de seguridad o a impedir que enciendan la maquinaria, voy a tener que remitirla al juez cívico por falta administrativa y obstrucción de obra pública.

Beatriz se quedó petrificada. Miró al policía, luego a Mateo, y finalmente a sus vecinos, quienes ya no la miraban con dudas, sino con una severa desaprobación.

—Esto es un atropello… —alcanzó a musitar, pero la voz se le quebró en un hilo débil que se perdió con el soplido del viento entre los árboles de la calle Fresno.

Sin decir una palabra más, soltó definitivamente el trozo de cinta amarilla que aún colgaba de sus dedos, dio media vuelta y caminó a prisa hacia su residencia. El golpe del portón de hierro forjado al cerrarse de golpe retumbó en toda la cuadra como el punto final de su autoridad sobre la calle.

CHAPTER 6: EL REINICIO DE LAS MQUINAS

El estruendo del portón de hierro forjado al cerrarse retumbó contra la fachada de la residencia de Beatriz y murió en el aire denso de la calle Fresno. Nadie en la banqueta se movió durante varios segundos. El silencio que siguió no tenía nada de la tensión inicial; era el asentamiento definitivo de la realidad, tan pesado y claro como una losa de concreto colocada en su sitio.

El oficial de policía miró a Gabriel, le entregó un saludo breve inclinando la visera del gorro y regresó a la patrulla 402. Las portezuelas metálicas se cerraron con un golpe seco, el motor diésel rugió suavemente y la unidad dio marcha atrás despacio para salir del perímetro, despejando el paso de la calle.

Don Ernesto se acercó al borde de la banqueta. Miró la zanja trazada con pintura blanca, luego el camión de volteo y finalmente a Mateo.

—Maestro —dijo Don Ernesto, alzando la voz lo suficiente para superar el ruido de la camioneta policial que se alejaba—, ¿cuánto tiempo calculan que se lleven para tapar este tramo?

Mateo se ajustó el casco amarillo, ajustando la correa barbiqueja sobre la piel sudada de la barbilla.

—Si el tiempo no se nos echa encima con la lluvia, para mañana a las cuatro de la tarde ya tenemos asentados los tubos y puesta la primera capa de tepetate —respondió Mateo, hablando con la calma habitual, sin una sola traza de triunfo ni burla en la voz—. El asfalto se tira el viernes en la mañana.

Don Ernesto asintió despacio, mirando de reojo hacia la casa de Beatriz antes de volverse a Mateo.

—Esta calle necesita ese drenaje desde hace dos años —comentó el hombre, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón—. Trabajen tranquilos. Si necesitan agua para la cortadora o luz para las extensiones, me avisas en la casa de la esquina.

—Le agradezco, Don Ernesto —dijo Mateo.

El vecino caminó de regreso a su cochera, haciendo un gesto con la mano a las otras dos residentes, quienes asentieron en silencio antes de retirarse hacia sus entradas. En menos de tres minutos, la banqueta quedó libre de curiosos. La calle Fresno recuperó su ritmo ordinario under el sol implacable de la una de la tarde.

Gabriel caminó hacia el borde del camino y recogió del suelo la cinta amarilla de precaución que Beatriz había soltado. La estiró de nuevo entre los dos conos de tráfico, sujetándola con un nudo firme en la estaca de madera que delimitaba la zona de excavación. El plástico volvió a quedar tenso, pero esta vez no había manos furiosas tirando de él, solo el paso de la brisa cálida que lo hacía vibrar suavemente.

Mateo volvió a la cortadora de concreto. Colocó los guantes de carnaza desgastados, sintiendo la aspereza familiar del cuero contra los callos de sus palmas. Flexionó los dedos alrededor de las empuñaduras de hierro, apoyó las botas de casquillo con firmeza sobre el asfalto agrietado y accionó el ahogador del motor.

La polea dio dos tirones duros antes de que el motor de gasolina arrancara con un rugido potente y parejo. Una nube azulada de humo seco se alzó brevemente sobre el chasis metálico antes de disiparse bajo el aire abierto de la colonia. Mateo ajustó la válvula de agua para enfriar el disco de diamante y avanzó despacio sobre la línea marcada en el suelo.

El disco giratorio tocó el pavimento. Una lluvia limpia de chispas y polvo gris saltó contra el faldón de goma de la máquina mientras el corte avanzaba a paso constante, pulgada a pulgada, abriendo la tierra para colocar la tubería que la comunidad necesitaba. Detrás de la cortadora, la cuadrilla tomó las palas y los picos, trabajando a ritmo uniforme bajo el sol del mediodía.

A través del ventanal del segundo piso de la residencia, tras las cortinas entreabiertas, una silueta permaneció inmóvil durante unos instantes observando el avance de los obreros sobre la calle Fresno. Mateo no levantó la vista. Mantuvo los ojos fijos en la guía de metal, las manos firmes en los manubrios y los pies bien asentados sobre el suelo de la ciudad.

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